Pedro Iglesias

Edición con anotaciones de A I Larre Borges

A los pocos meses de morir Pedro Iglesias, la viuda se casó con Ignacio, el indio del Puerto de los Talas, que estaba en la Estancia desde hacía un año. Casamiento más triste no habrá otro.(1) A Luis María, el gurí (2) hijo de Iglesias, lo mandaron una semana antes para la Estancia de Vergara; y el día fijado fueron llegando, con el juez y el cura, pocos, muy pocos de los muchos invitados. Sobró de todo, hasta el vino, que se repartió entre la peonada cuando calcularon que ya no caería más gente. En la mesa larga, a la que habían agregado tablas fundadas en caballetes de recados, se sentaron los novios. Ella, muy sonriente; él, igual a toda su vida: seco, serio, como si nada sucediera. A la derecha de la pareja se puso el cura. A la izquierda, el juez. Los otros asientos los ocuparon los padrinos, ocho o nueve mujeres de los “puestos” (3) a quienes hubo que invitar a última hora para agrandar la rueda y varios hombres, amigos, no más, algunos y otros, apenas cuatro o cinco, de la parentela. Cuando sirvieron los lechones, el viejo Pascasio, tío de la novia, que ya estaba muy cargado, dijo:

—Che, Juana, ¿te acordás cuando te casaste la otra vez? Nunca he comido lechones más ricos. ¡Esos eran lechones!… ¡Una manteca!

La viuda tragó fuego. Y los concurrentes agacharon la cabeza como sintiéndose también culpables en aquella comilona hecha con la plata del muerto para festejar que se quedaba sin viuda. El cura, metiendo mucho ruido, comía cuanto le ponían delante y dejaba el plato tan como espejo que parecía adrede.

—¡Pero es cristiano que come! –exclamó espantada la vieja Liberata, que no le sacaba los ojos. Como la admiración de su vecina lo agarró con la boca llena, no hizo más que sonreírse el buen cura. Mas, cuando casi sin masticar pudo tragar el pedazo de carne, arguyó, dulcemente:

—A conciencia tranquila, buen ap…et…ito. El hipo le picotéo la palabra.

—¡Eso es un indireta! –saltó Liberata siempre temerosa de que todo el mundo estuviera enterado de sus relaciones con el viejo Pascasio.

Fue a contestar, disculpándose, el cura, pero no pudo. Salía un hipo y ya tenía al otro en puerta. Entonces, el indio Bonifacio se le fue encima, puñal en mano, gritándole al refregárselo por las costillas:

—¡Ahora te voy a dar, gringo!

—¡Jesús me ampare! –sollozó el de la sotana dando un salto.

—No se me asuste, don –tranquilizó el otro envainando a carcajadas–. Era pa que se le fuese el hipo. ¿No ve cómo se le pasó? Resonó un coro de risas. Y el cura, todavía sintiendo las palpitaciones, sonrió también y dijo a una de las que servían:

—Hija mía, me has llevado el plato. Recién empezaba.

La tranquilidad volvió a reinar. Hasta que el viejo Pascasio, que eructaba seguido, exclamó de pronto, los ojos encapotados:

—¡Pucha, mire que lo bromiábamos al finao Pedro, el día que se casó! ¡También, con lo zafao qu’era el finao Higiño, que’estaba sentao juntito!

El novio le clavó los ojos como queriéndolo partir, y la vieja Liberata, con disimulo, le metió codo para hacerlo callar. Pascasio sintió los codazos y, no sabiendo por qué eran, protestó, mirándola duramente:

—¡Vamos! ¡No rempuje!

Todos se fijaron en Liberata, quien cerraba los ojos y fruncía la boca como diciendo:

—¡Caso perdido! ¡Está mamadazo!

Ignacio, el novio, grande, aindiado, con un pelo duro que le resbalaba por la frente en mechones y que a cada instante necesitaba de la mano para levantarlo, casi no hablaba. Más que comer, lo que hacía era beber. Las copas del Carlón se vaciaban de una sentada entre sus labios grandes y carnosos… Al traer las fuentes de arroz con leche, el novio sacó su daga de cabo de plata y empezó a limpiarse los dientes con ella. Los demás, hombres, menos el cura, lo imitaron. Las mujeres fueron sacando de un vaso plumitas de perdiz. El cura tomó también una porque él, él no usaba cuchillo. Y ya se oía el ruido de los labios sorbiendo el arroz con leche, cuando Pascasio exclamó entre dos eructos:

—¿Te acordás, Juana, cuando te casaste la otra vez? El azúcar del arroz se había quemao y…

—¡Bueno, hombre! –profirió, airado, el novio–. ¡Déjese de amolar con los recuerdos del otro casorio! ¿O se crée usté que no tenemos más que pensar que cuando ella se casó de otra vuelta? ¡Avise!

—¡Pero don Inacio!… –empezó a decir Pascasio.

A Ignacio le gustó aquel don que le ponían por primera vez y al que desde ese día tenía derecho por las diez mil y pico de cuadras de la viuda. Pero siguió, para hacerse respetar, aunque el viejo había enmudecido:

—¡Qué don Inacio ni don Inacio! Usté se calla la boca o se manda mudar. ¡Avise! Aquí no hay más que un casorio. Y al que no le guste… ¡ya sabe!

—Está bien, don Inacio. Yo siento haberlo incomodao.

—¡Cállese esa boca, digo!

El novio dio un puñetazo en la mesa y medio se quiso incorporar.

—¡Dejalo! ¡Dejalo! ¡Tranquilizate, Inacio! –imploraba la novia.

La frente cruzada por los negros mechones, turbios los ojos del beberaje, el labio inferior prominente, Ignacio volvió, dirigiéndose a la concurrencia:

—Aquí no hay más que un casorio. Y al que no le guste… ¡ya sabe!

Algunos vasos saltaron con el golpe que repitió en la mesa. El mantel, en partes, quedó teñido de rojo oscuro.

—¡Alegría! ¡Alegría! –exclamó Enriqueta, la del Puesto de los Sarandíes, con evidente propósito de distraer la atención.

Y mojando los dedos en el Carlón derramado, se los pasó en cruz por la frente. Todos hicieron lo mismo. Hasta el cura se dejó pintar de vino, riendo desaprensivamente por obra del que tenía del lado de adentro. El juez, con los ojos irritados y chiquitos, estaba encorvado, mirando cómo, poco a poco, el mantel iba quedando overo. A veces arrastraba algunas palabras hacia el novio. Pero el novio sólo le contestaba cabeceando. Después de comer trajeron, para unos, mate de café y, de té, para otros. El cura abarajó de los dos y siguió pegándole al vino como hacían los demás hombres y algunas mujeres. Al rato largo, el juez se acercó para decirle:

—¿Qué le parece si fuéramos empezando?

—Bueno. ¡Cómo no!… –Furtivamente se persignó, agregando–: Le agradezco. ¡Me había olvidado! ¡Tengo una cabeza! Esté… ¿Gusta un poquito de vino? ¿No? ¿No toma? ¿Por qué no toma?

—¡Porque no se me antoja, so cargoso! –atajó el juez, molestado.

El cura lo miró muy extrañado. Y, después, quedó tristísimo. El novio había desaparecido. Y lo buscaban inútilmente, cuando Liberata volvió hecha un asombro.

—¡Si está durmiendo la siesta en el cuarto de la patrona, ese cristiano! –alborotó.

La novia, seguida de dos o tres mujeres más, se dirigió apresuradamente a su pieza. Y tanto zamarreó a Ignacio, que éste, al fin, se enderezó en la cama preguntando alarmado:

—¿Qué hay?

—¡Pero no ves que es la hora de casarnos, mi querido!

Frunció él la frente, pensó un momento y, luego, sin decir palabra, se levantó. Mientras bostezaba y se desperezaba, ella le dio una cepillada, le anudó bien el blanco pañuelo de seda y le dijo, besándolo:

—Bueno, vamos, mi querido, que nos están esperando.

Al atardecer, los novios ya habían quedado solos.

II

La vida de Ignacio no cambió con la nueva posición. Comía lo mismo, seguía bebiendo caña en vez de otra bebida más fina, se vestía igual que antes… Alargó, eso sí, las siestas, porque lo despertaba Juana ansiosa siempre de caricias, e hizo trotar a Bonifacio veinte leguas con el coche para traerle del pueblo un buen recado con cabezadas y estribos de plata maciza, enchapados en oro, donde se prendían sus iniciales.

—El recao del finao –dispuso– le pertenece al hijo. Y agregó:

—El recao y el caballo no se tocan.

No había empezado aún a ocuparse de la Estancia. Todo se hacía bajo el mando de Vicente, el capataz, quien, antes de comer, iba siempre a recibir alguna orden y no aparecía hasta la tardecita, en que volvía a conversar, mateando, con Ignacio. Pero si éste no cambió, la viuda había tenido gran levante. No hubo tela de la que no llevara un poco en alguno de sus trajes. Del pueblo vino una carga con toda clase de vestidos. La ropa blanca era tan primorosa, que a la muchacha del mate le metió una fogata en el cuerpo… Solito la ropa blanca –¡aquellas camisas bordadas a mano y con cintas de colores!, ¡aquellos calzones llenos de puntillas!–, sólo ella fue la culpable de que, al fin, Serapito, el peón, consiguiera lo que deseaba. La pobre chiruza, al contemplar aquellas hermosuras que eran para verse cuando se sacaba la ropa de afuera, empezó a pensar, sobre todo por la noche, en cosas que nunca había pensado y que ahora le viboreaban en la carne. Suponiendo delante del marido a la patrona apenas cubierta por una de aquellas camisas tan casi sin tela, puro puntilla y escote; imaginándosela así, adivinada toda, le vino un fuego, un fuego que, para matarlo, fue necesario que Serapito se le echara encima, pasando el alambrado, entre las chircas…

Para Juana no había polvos que blanquearan bastante, ni agua de olor que la perfumara como quería. Cumplía dos gustos: el de parecer mejor a los ojos de Ignacio, y el de derrochar la plata que siempre le “tironeó” su primer marido. Y queriéndose todo el día, desde la mañana hasta la noche, habían pasado ya dos semanas, cuando en el alma de Juana se atenuó el turbión al pensar en su hijo, en Luis María.

—¿No te parece, Ignacio, qu’es tiempo de traerlo? Si no ¿qué va a decir la gente? Y yo tengo ya también muchas ganas de verlo.

—Se traerá mañana mesmito –respondió el marido–. Yo, al gurí, lo quedré como si fuese mío.

—¡Ah, qué lindísimo vamos a estar los tres!

—Será ansina.

Al otro día, Ignacio ensilló su zaino y, llevando de tiro al lindo peticito de Luis María, enderezó a lo de Vergara, que quedaba casi a dos leguas. Antes del mediodía ya estaba de vuelta con el niño. Juana abrazó a su hijo. Este, sin decir palabra, sin contestar a las preguntas de ella, la besaba como con hambre de besos. Y cuando Ignacio, contento, arrimó también una caricia al niño, éste lo miró de una manera extraña, que pasó inadvertida.

—En todo el viaje a gatas si dijo dos palabras, y eso con cuarta(4) –comentó Ignacio a su mujer.

—¿Extrañaba mucho, m’hijo?

Él dijo que sí con la cabeza y volvió a pegar su cara al cuello desnudo de su madre.

III

La tierra ardía bajo el sol terrible cubierta apenas por un ponchito de gramillas roto por todos lados como prenda de mendigo. En el horizonte negreaban las nubes; pero de allí no se movían, sin ánimo para avanzar hasta el sol y taparle el fuego. Abajo, los lanares se amontonaban alrededor de cualquier cosa que diera un poco de sombra, juntas las cabezas y las ancas afuera. Los pájaros, al lado de sus nidos, abrían el pico para juntar más aire; más de aquel aire que, por enrarecido, nada rendía. Súbitamente, uno de entre ellos temblaba con los ojos dilatados, fijos en dos chispas frías delante de las cuales, y más abajo, surgía vibrando una llamita negra. Quería huir, entonces, y apenas si daba un paso atrás, enlazado a los ojos y a la lengüilla que cada vez se acercaban más empujados por la cinta verde—oscura del tronco del ofidio. Entre las piedras ardiendo, el lagarto juntaba sol, inmóvil, despatarrado. Y bajo los pastos como de vidrio de tan chupados por el bochorno, la chicharra lanzaba insistente su chirrido.

Desde lejos, árboles, piedras, bestias, boyaban en aquella atmósfera que se veía ondular…

Guarecidos del día, en la glorieta, estaban sentados Juana y su marido. Ella lo había rodeado con sus brazos y, echada sobre él, lo besaba. Ignacio, al principio indiferente, fue poniéndose cada vez más enrojecido. En una, la abrazó también con fuerza, hasta el dolor. El ansia había quemado las palabras. Mudos, se apretaban los labios contra los labios. Una mano de Ignacio, que andaba sin rumbo recorriendo el cuerpo de la hembra, se detuvo en el escote y se metió por él, entre las carnes tibias y trémulas. Un jadeo de ansia salió del fondo de la garganta de ella. Y en ese momento, con los puños crispados y ahogado por los sollozos, apareció entre las ramas Luis María.

—¡Hijo’e mil! –gritó.

La mano de Ignacio escapó del seno y, en su apuro, rasgó las seda de la bata. La carne que había estado contenida se echó afuera como retozando. Esto confundió más a Juana, que bajó los ojos y se cubrió como pudo. Ignacio, pálido, se perdió entre los árboles, sin mirar al gurí. Los puños todavía amenazantes, éste rugía a su madre con voz que ya no era de niño por la amarga, por lo doliente, por lo rabiosa:

—¡Qué mala es, mamita!

—¡Pero m’hijito! –gimió la mujer.

—Sí, m’hijito!

—¿Crees que no te quiero? ¡Mirame! ¡Miremé, m’hijito!

Él no contestó. Con la boca crispada por los sollozos, temblaba. Ahora había bajado los brazos, y sus manos, débilmente encogidas, parecían dos pichones muertos de frío.

—Yo te quiero mucho a vos, m’hijito. No sea malo con su madre. Yo lo quiero…

—¡Sí, si me quiere tanto como a tata!

—¿Pero y qué iba a hacer solita?

Luis María no la oyó. Había dado vuelta y, sin rumbo, atravesaba las ramazones llorando sordamente. Juana no podía más.

—¡Qué desgraciada, Dios mío! ¿Y qué iba a hacer, si yo quería a Ignacio? Y si la Iglesia consiente, ¿por qué es malo para m’hijo?

En su desconsuelo, en sus gemidos, en sus lágrimas, no advirtió que un seno se le había escapado otra vez por las rasgadura de la bata. El pelo se le caía en mechas, mojándose. De restregarse, los ojos cada vez se le ponían más irritados.

Ignacio volvió para tratar de calmarla. Al verla con el seno afuera, exclamó en voz baja, sombrío:

—¡Che, tapate!

Juana se cubrió. Y mientras seguía el llanto, con un alfiler prendió el pedazo de seda rota. Después, ella llorando siempre, él mirándola con fijeza, permanecieron un rato.

—¡Bueno, bueno! –saltó Ignacio súbitamente–. ¿Y qué miércoles quiere el gurí? ¡No faltaba más! Con unos buenos lazazos, yo prontito le haré ir todo. ¡Avise, pues, amigo! ¡No faltaba más!

Juana lo abrazó, entonces.

—¡No, no, Ignacio, dejalo! –imploró–. No lo toqués. Se le irá pronto todo. Yo lo aconsejaré. Le mostraré todo bien claro. Y él es bueno. Verás vos que…

—¡Eh! Yo sé lo que hago. Que se descuide… y lo curto.

—¡No seas así! ¡Yo soy su madre! ¡Dejame a…!

—Y yo soy su marido. Y usté se me calla la boca aura mesmito o le rompo el alma. Aquí mando yo ¿comprende? ¡Y al que no le guste… ya sabe!

—¡Ah, m’hijito! –suspiró Juana–. ¡Parece esto un castigo!

—Callesé, reventada’e los diablos. ¿Pa eso me tendiste l’ala? ¿Pa salir después con las cosas de tu hijo y con tus llantos? ¡Lindo casorio, éste! A los cuatro días, dijustos, cuestiones, y uno tiene que cruzarse de brazos. ¡Avisá! Aquí mando yo. Y me palpita que te voy a dejar overo el lomo, prontito no más, oveja’el diablo. ¿Qué quieren ahora? ¿No me casé? ¿No están todos los papeles en buena ley y firmaos por el juez? ¡Avisá, avisá! Yo prontito, no más, te corto las alas. Mujeres sobran en este mundo.

—¡Pero no seas malo, Ignacio! ¿Yo qué te hago? ¡Me matás! ¡Yo te quiero mucho! ¡Mirá cómo te quiero! ¿No ves que yo te quiero mucho?

Ignacio se calmó. Y haciendo a un lado la cara para librarse de la lluvia de besos, exclamó:

—¡Dejate de empalagos!

Después, mientras Juana entre llantos lo seguía besando por los ojos, por la frente, por el pescuezo, por donde pudiera, él, sin darse cuenta, la fue estrechando. Bien pegado a ella, le empezó a hablar, olvidado de su furia, palabras dulces, buenas… Y, de repente, incorporándose, dijo:

—Vamos p’al cuarto.

Había en su rostro tal deseo de bestia y una expresión tan imperiosa, que Juana, secándose los ojos todavía, lo siguió. En un galpón, tirado sobre una pila de cueros secos, lloraba Luis María.

IV

Pasaron muchos soles por encima de los campos de la Estancia, estirados hasta más allá del horizonte. Aquella noche de pesado calor, que en fija traería tormenta, se habían sentado en el patio Ignacio y Juana. Lejos de ellos, en un banquito de ceibo, estaba Luis María, los codos en las rodillas, la cara en las manos. Su mirada se iba, se iba hacia el frente. Cuando llegaba a la borrosa unión de la tierra con el cielo, subíala por éste, la dejaba perder entre el estrellerío. El cielo combo semejaba un camoatí con sus avispas de brillantes alas; y una franja blanca que lo atravesaba por el medio parecía el humo de una fogata, la luna llena, encendida adrede para espantar el enjambre… El niño imaginaba así, y había seguido pensando que, en vista de que el humo no podía con tanta avispa, después encenderían otra fogata más fuerte, que acabaría con todas ellas.

—Y Dios es el que prende las fogatas; Dios el de la barba blanca –soñaba.

Entonces pensó en su padre, que estaría allá arriba, lejísimos, al lado de Dios, tal vez ayudándole a hacer fuego…

—¡Ay, tatita! Al principio yo creía que el malo era él, no más. Pero ella, también. Se pasan besándose. Y ella lo busca, lo abraza. ¡Ella, tatita! Su tata, a esas horas, andaría arrimando para la fogata del día siguiente, sin acordarse de él, sin poder oírlo, siguiendo a Dios, el de las barbas blancas… Tapado por la noche, el gurí se sintió más solo que nunca. Y sin poderlo contener, le brotó un gemido. Juana corrió hacia él.

—¡Ave María! ¡No seas así! ¡Te vas a agarrar una enfermedad, por Dios bendito!

Ignacio se había quedado mirando, sin moverse. Como hacía días que no se hablaban con el niño, no quiso dar el brazo a torcer.

—Bueno, vamos a la cama –rogaba la madre–. Y no sea así; que, si no, no lo voy a querer más.

Luis María se dejó llevar a la cama y desnudar; pero, después, metió la cabeza entre las cobijas para que su madre no lo besara. Dándose cuenta, Juana salió con una desesperación que le trababa las piernas.

—¡Igualito al finao, caprichoso! –dijo suspirando.

Oyóla Ignacio y tuvo un sobresalto. Fue como chicotazo que se recibe a traición, sin sentirse más que el golpe. Pero al acostarse, los ojos de Ignacio y los ojos de Juana, sintieron la cara huesosa, larga y altiva de Pedro Iglesias.

V

Librándose de unas nubes que lo ahogaban recién andaba haciendo fuerza el sol por treparse al cielo, cuando ya Ignacio estaba en la segunda cebadura. Y, al ratito, Juana entró a la cocina.

—Madrugastes hoy –observó ésta.

—¡También!… ¡Vos no hacías más que revolcarte!

—¡Pero Inacio, si eras vos! Yo te sentí toda la noche.

—Entonces vos tampoco dormistes.

—No pegué los ojos.

—¿Y por qué, caray, ha sido eso?

—¡Yo qué sé!

—¿Cómo yo qué sé? Yo te voy a dar que contestés ansina a tu marido. Estabas mal enseñada, pero yo te voy a domar como pa que te monten hasta sin freno. Tu otro marido debió de ser maturrango y…

Iba a seguir, pero paró en seco. Habló adrede, para decir esa misma frase que tenía pensada y, al llegar a ella, se contuvo. Tuvo miedo, un miedo extraño, un miedo que se agrandó cuando vio los ojos dilatados de Juana mirarlo con el terror de quien teme que el mal aludido pueda estar oyendo. Ignacio bajó la cabeza y empezó a pasearse chupando el mate. Al rato, preguntó con cautela:

—¿Y por qué no durmió usté?

La respuesta se hizo esperar, pero llegó, por fin.

—Pensaba en el finao.

Ignacio, que colegía, que ya sabía, confesó con la vista en el suelo:

—Yo también no dormí pensando en él.

Se quedaron callados. De pronto, alzando la cabeza y mirándola, él habló:

—Decí, ¿vos estás arrepentida de haberte casado conmigo?

—¡No, Inacio, al contrario!

—¡Ah!

Ignacio tomó un pequeño banco, lo acercó al de su mujer, y se sentó. Chillaba la “pava”(5). Oíase el ladrido de los perros persiguiendo algún bicho que por tonto se había dejado sorprender… El patio se llenaba de enfáticos gallos y de gallinas discretas que, conociéndolos muy bien, sólo les hacían caso cuando querían hijitos. Estos, caminando como con zancos detrás de las madres, se distraían constantemente, debido a lo cual muchos tendrían que aprender por experiencia que no se debe saltar sobre los cuzcos dormidos ni acercarse a los patos, que se irritan cuando los sacan de sus cavilaciones… El día parecía empujar delante de la luz rumores claros.

—Entonces… no estás arrepentida. Y tiene que ser ansina. Yo soy bueno… te quiero… cuido tus intereses… No te falta nada; agacho el lomo como un pión…

—Yo estoy muy contenta con vos. Vos sos muy bueno.

—¡Si seré! Otro, ya hubiera tomao medidas y hubiera hecho tocar p’algún lado al gurí. Está muy insoportable. Antes era conmigo, sólo; ahora l’ha agarrao con vos, también…

Se calló porque vio a Luis María entrar en la cocina.

Dio éste los “Buenos días” y enderezó hacia el fogón a aprontar su matecito, mientras dejaba calentar la caldera, regalo con aquél, para su santo, del finado su padre.

—¡Es igualito! –pensó Juana. Y con un presentimiento se le acercó.

—¿Dormiste bien, m’hijo?

—No.

—¿Soñastes?

El niño miró sorprendido, desconfiado y, después, respondió secamente:

—Con tata.

Juana, que iba a seguir preguntando, se detuvo ante el tono brusco de la frase y volvió a sentarse junto a su marido. Por el niño, separó un poco el banco.

VI

Pasaron varios días, y ni Ignacio se acordó ya un momento del cuerpo todavía tentador de su mujer, ni ésta lo buscó, como antes, con ardientes caricias. Se habían vuelto reservados, lunáticos. Por cualquier cosita, la azotera de Ignacio caía machucando el lomo de Juana que –como tienen que hacer las mujeres–, aguantaba llorando pero sin subordinarse. El niño no los veía. De los galpones no salía más que para comer. Todo el día pasábalo con la vista perdida en la inmensa llanura del campo de los suyos.

Cuando el rebenque la castigaba, un violento deseo aparecía en el alma de Juana.

—¡Ah, si m’hijo fuese grande!

Pero se arrepentía enseguida. Pedir ayuda a su hijo no, porque ella quería con todas las fuerzas de su carne y de sus huesos a Ignacio; a aquel que de bueno que era, se había vuelto extraño y malo de un tiempo a esta parte. Apoyar a su hijo y ponerse contra su marido, no podía ser. Luis María era muy gurí y, por eso, todo lo que hacía carecía de fundamento. No debía hacérsele caso. No fue delito haberse casado. Todo había sido decente. Un poco apurado el casamiento, era verdad, pero ¿qué iba a hacer sola en el mundo?

Sin embargo, a pesar de estos pensamientos tranquilizadores, algo en su interior la picoteaba con dureza, como “carpintero”.(6) Flaca, pálida, ojerosa por el desvelo, Juana se sentía cada vez más acorralada. Y su alma loca iba de un lado a otro; tan pronto hacia Luis María como a fundirse ciegamente con el alma de Ignacio.

Este, tan ensimismado, tan sombrío y a veces tan manolarga para arrimarle rebenque, le producía un espanto singular, pues en vez de alejarla la atraía más y más a él, cual si encontrara en los brazos castigadores refugio contra algo que no comprendía… Y al tocar con su mirada la mirada de su hijo, sentía frío.

Ignacio también percibía en su alma ideas oscuras que se amigaban con otras para formar largas, extrañas colleras que terminaban siempre en el finado Iglesias. El recuerdo de éste, como un tábano, se le venía encima; para tenerlo enseguida, no había más que espantarlo. Y eso empezó a “cuartear” (7) un deseo: el de huir de la Estancia y de la “viuda”, el de perderse y no volver más nunca. Se empezó a acordar de su pago, cosa que no le ocurría desde muchos años. Clarito se le pintaban los lindos lugares donde se crió. Parecía que alguien, jugando con él, le mostraba cosas bonitas para engatusarlo. Veía los viejos ranchos de sus tatas, con aquellos ombúes enormes. Veía la laguna tirada atrás de los sarandíes; la pulpería endomingada con gente en la que reconocía a todas sus antiguas relaciones… Lo embargaban crecientemente unas ganas muy grandes de volver a la querencia. Y eran tan grandes las ansias, que no lo dejaban pensar en la contra, en quedarse…

Un amanecer, cuando todavía se mateaba en la cocina de los peones esperando la última vuelta del asado, Ignacio fue al corral, ensilló su zaino, sin desmontar abrió la portera… y le cerró piernas al flete, que salió al galope. A poco de vadear el arroyo lo contuvo largándolo al trote. Juana, al levantarse y no hallarlo, miró hacia donde le indicaron los peones y lo vio en momentos en que parecía tocar a la vez la tierra y el cielo, todavía en sus campos, en la linde del horizonte. Presintiendo todo, delante de la peonada sorprendida lanzó un gemido desgarrador. Corrió al cuarto del niño, lo sacó casi en brazos y, mostrándole lo que ya no era más que una manchita, sollozó:

—¡Miralo, ya se va!

El gurí clavó sus ojos achicados por la luz viva en los llorosos ojos de Juana; después, se puso a mirar el punto negro. (8)

* Espínola dijo que para escribir “Pedro Iglesias” se inspiró en la lectura de la crónica de un crimen publicada en “El Ideal”. Según sus declaraciones, lo que más lo impresionó fue la fotografía que ilustraba la noticia y la mirada del niño que quedó huérfano a consecuencia del asesinato: "Un hombre mata a otro en un ambiente muy modesto, y en una de las fotografías aparece la esposa con su hijo en brazos, de unos tres o cuatro años, con su melenita rubia (me acuerdo, lo veo todavía) y una mirada que me obsesionó.(...) Esa mirada me siguió durante muchos días. Recorté la foto y la puse sobre la mesa donde leía o escribía. Yo tenía la necesidad de ubicar bien, entre todas las miradas que había visto, las características de esa mirada imponente del niño. Y semanas después —creo que en dos días— compuse el cuento. Pasa el tiempo. Un día, con estupor al apreciar los mecanismos imponentes de la conciencia humana, advertí que había hecho el cuento para poder participar a los demás lo que yo, con palabras, no podía decir: cómo miraba aquel niño, qué cosa allí había —todavía en germen, sin desarrollar— de un carácter, de una manera de ser que no puedo calificar porque eso, eso sólo se revela gracias a todos los elementos del cuento. Lo impresionante es que yo no sabía cuando estaba escribiendo qué objetivo especial me tenía propuesto. Sólo ahora y, naturalmente, teorizando un poco, puedo decir que, tal vez, lo que en aquel momento estaba lejos de mi conciencia, o más lejos por profundo, era la aparición de Ignacio, del novio. Porque éste es quien, después va a quedar a cargo de todo lo que ocurra, para que el niño, al final, mire como mira, es decir: como el niño de la foto del diario". La evidente vinculación de este relato con Hamlet también fue advertida por el autor: "Es evidente que hay una rapidez muy grande en el nuevo casamiento, como en el de la madre del pobre Hamlet". Y a continuación hace una interpretación asimilable también al drama shakesperiano: "el protagonista del cuento en realidad está ausente de la narración, el muerto es quien provoca la disolución del nuevo vínculo. Y por eso es que lo titulé con su nombre: Pedro Iglesias".

1. La pintura vívida y plena de humor de un casamiento abre el relato. La preferencia por la fiesta es uno de los rasgos de Raza ciega. Espínola dijo que la voluntad de pintar un casamiento fue la primera y más superficial razón de escribir este cuento "fue el deseo, engañador por superficial, de pintar un casamiento. Después todo se fue concretando y tomó cuerpo el novio, claro, pero con las características necesarias para crear las futuras situaciones. Entonces, sí, ya enérgicamente puestos en la conciencia del lector esos elementos, nada hacía correr el riesgo de desviar de la intención subconsciente, siempre insistente. Entonces el cuento fue marchando con naturalidad, muy fiel a la dirección del cauce secreto, que iba, subterráneamente, conduciéndolo todo" (Ruffinelli, 1968). Ese cauce secreto es la reescritura en clave criolla de Hamlet, el drama shakesperiano preferido de Espínola.

2. Gurí: niño.

3. Puesto: casa donde vive el puestero, peón asentado generalmente con su familia pero de menor jerarquía que el capataz, que cuida parte de la estancia cuando ésta es muy grande.

4. Tirar una cuarta: arrojar un cabo.

5. Hervía el agua en la caldera.

6. Carpintero: pájaro de agudo pico trepanador.

7. Cuartear: tirar con una cuarta, con un cabo.

8. La mirada del niño empuja a Ignacio fuera de los límites del campo (y del cuento). Este pequeño Hamlet ha reconquistado a la madre y expulsa al intruso.

Espínola dejó dos explicaciones sobre este asunto. En una primera instancia expresó que se inspìró en la mirada de un niño vista en las páginas de un periódico “toda la narración, todo lo que se dice, todo lo que hago pasar allí, es para lograr, al final, pintarla", pero en una anotación posterior corrige esa interpretación y admite una explicación psicoanalítica: "Todo el cuento ha sido impulsado por el Complejo de Edipo. En "Pedro Iglesias" el padre del niño protagonista muere de muerte natural, no asesinado. Nadie, pues, tiene la culpa. Hay un padrastro que, ese sí, es rechazado y obligado a alejarse para siempre por la actitud del niño. Con ello, el Complejo de Edipo no perturba la conciencia; la hostilidad se ejerce sobre un sustituto. Y no hay necesidad de que se manifieste el deseo de muerte porque, por la psicología del personaje (del padrastro) y por su condición de tal, se hace innecesario matarlo para sacarlo del hogar. Lo que verdaderamente interesó, pues, en la foto del diario, no fue la mirada del niño. Eso obró como despiste a la conciencia, permitiendo recordarle obsesivamente sin alarma. Fue la imagen entera de la madre definitivamente a solas con el hijo lo que se retuvo. La escena contemplada en el periódico reavivó el Complejo de Edipo, provocó un deseo subconsciente y empezó a satisfacerme. Aquí, entonces, para consumir ese deseo, entra a actuar la capacidad creadora. Y se realiza el cuento. Para no perturbar un sentido moral más delicado, se sustituye el asesinato del padre, repito, por una muerte natural y se reemplaza a ésta por el padrastro. Una vez operados estos cambios previos ineludibles para satisfacer el deseo sin trabar la conciencia, entonces, sí, se pueden desear impunemente los actos más hostiles. Y el padrastro es acorralado por el niño protagonista del cuento, se ve obligado a alejarse". La presencia del complejo de Edipo puede también rastrearse en otros textos de Espínola con protagonistas huérfanos como el relato infantil Saltoncito, en el cuento “Todavía no”, en Juan Carlos, el protagonista de Sombras sobre la tierra, y en la historia de la Mulita en el Don Juan, el zorro. Los huérfanos de Espínola son por lo general herederos, su reivindicación del pater también lo es de un patrimonio perdido, reino, estancia o pulpería. (Sobre los contenidos edípicos y autobiográficos en su obra ver Gil, 1999, y Blixen, 2001).

***

Espínola dijo que para escribir “Pedro Iglesias” se inspiró en la lectura de la crónica de un crimen publicada en El Ideal. Según sus declaraciones, lo que más lo impresionó fue la fotografía que ilustraba la noticia y la mirada del niño que quedó huérfano a consecuencia del asesinato: "Un hombre mata a otro en un ambiente muy modesto, y en una de las fotografías aparece la esposa con su hijo en brazos, de unos tres o cuatro años, con su melenita rubia (me acuerdo, lo veo todavía) y una mirada que me obsesionó.(...) Esa mirada me siguió durante muchos días. Recorté la foto y la puse sobre la mesa donde leía o escribía. Yo tenía la necesidad de ubicar bien, entre todas las miradas que había visto, las características de esa mirada imponente del niño. Y semanas después —creo que en dos días— compuse el cuento. Pasa el tiempo. Un día, con estupor al apreciar los mecanismos imponentes de la conciencia humana, advertí que había hecho el cuento para poder participar a los demás lo que yo, con palabras, no podía decir: cómo miraba aquel niño, qué cosa allí había —todavía en germen, sin desarrollar— de un carácter, de una manera de ser que no puedo calificar porque eso, eso sólo se revela gracias a todos los elementos del cuento. Lo impresionante es que yo no sabía cuando estaba escribiendo qué objetivo especial me tenía propuesto. Sólo ahora y, naturalmente, teorizando un poco, puedo decir que, tal vez, lo que en aquel momento estaba lejos de mi conciencia, o más lejos por profundo, era la aparición de Ignacio, del novio. Porque éste es quien, después va a quedar a cargo de todo lo que ocurra, para que el niño, al final, mire como mira, es decir: como el niño de la foto del diario". La evidente vinculación de este relato con Hamlet también fue advertida por el autor: "Es evidente que hay una rapidez muy grande en el nuevo casamiento, como en el de la madre del pobre Hamlet". Y a continuación hace una interpretación asimilable también al drama shakesperiano: "el protagonista del cuento en realidad está ausente de la narración, el muerto es quien provoca la disolución del nuevo vínculo. Y por eso es que lo titulé con su nombre: Pedro Iglesias". En la última de las notas al cuento se da cuenta de las relaciones del relato con la teoría freudiana del complejo de Edipo.

(A.I. Larre Borges, Cuentos completos, cal y canto, 2006)